Juan García García, alias “El Lagartija”, caminaba por delante de la catedral de Barcelona sin prestar ninguna atención a las casetas de madera pintadas de verde, que vendían todo tipo de parafernalia navideña: Musgo de plástico, Reyes Magos, camellos, hombrecillos ridículos que defecan con el culo al aire… pintados, en algún oscuro taller por asustados ciudadanos chinos, con colores chillones de baja calidad. El Lagartija iba maldiciendo y apartando a la gente que se cruzaba en su camino entorpeciendo su paso decidido, rápido y enérgico.
Hacía frío, el cuello de la cazadora de piel marrón del Lagartija iba levantado cubriéndole el pescuezo y la mitad de sus alargadas orejas. Su rostro pálido y enjuto transmitía, a los que lo miraban, una cierta intranquilidad. Llevaba las manos en los bolsillos, de sus raídos pantalones téjanos, que parecía que flotaban en su esquelético cuerpo. Colgaba de su hombro una bolsa de deporte que apretaba contra las costillas.
Había entrado por la calle de la Paja para salir a Cardenal Casañas y de allí salió a las Ramblas. Subía en dirección a la Plaza de Cataluña por la acera de la izquierda.
La madre era rubia, guapa y no muy alta, llevaba un abrigo marrón claro y anudado a su cuello un multicolor pañuelo de seda, de esos que suelen ser muy caros. Sus cabellos desprendían un olor dulce, embriagador, extraño y elegante. Llevaba, cogidos de sus manos a un niño y una niña, muy pequeños y casi de la misma estatura. Sus cabellos también eran rubios y tenían las caras enrojecidas por el frío.
El Lagartija caminaba detrás de ellos, mirando de soslayo el rostro de la mamá y casi atropella a los niños cuando su madre se paró bruscamente para mirar un escaparate, éstos se soltaron de las manos y se acercaron a la puerta de la tienda. Los niños se quedaron mirando al hombre vestido de Papá Noel que repartía hojas de propaganda con las ofertas del establecimiento.
El Lagartija se dio cuenta de que se le había soltado uno de los cordones de los zapatos y se agachó para atarlo, quedando al lado y a la misma altura que los dos niños, que seguían mirando con la cabeza erguida al hombre de las barbas blancas y el traje rojo.
El niño se acercó al Papá Noel casi hasta tocarlo, lo miró despacio, repasando con sus ojos curiosos, toda su humanidad y le dijo:
-Cántame una canción de Navidad.
El hombre le dedicó una sonrisa indulgente mientras miraba a la niña, que girando la cabeza, le dice:
-¡Oye! ¿Tú por qué te has vestido así?
A Papá Noel, en aquel momento, se le había descompuesto un poco la barba y la risa parecía una mueca cuando la madre, sin mirarlo, volvió a coger de la mano a los niños y siguió caminando sin percatarse de la presencia del maldito Santa Claus ni de los ávidos ojos del Lagartija, que recorrían su cuerpo adivinándolo y saboreándolo a través de sus ropas. El Lagartija se irguió y miró a los ojos de Papá Noel, que le hizo un gesto de resignación cuando lo tuvo enfrente.
-Suicídate, imbecil -le dijo acercando su nariz, en exceso ganchuda, a la barba blanca y barata.
Juan García García, alias El Lagartija, no había empezado bien el día. Por la mañana al levantarse, escuchó la voz potente y ronca de Carmen.
-Yo no estoy dispuesta a mantenerte, búscate trabajo… O lo que sea, pero a ver si eres capaz de traer algún dinero a casa. Y si no… La Navidad la pasaras durmiendo en la calle -le dijo en tono despectivo, sin variar la postura que mantenía tumbada en la cama y sin mirarlo.
El Lagartija no le contestó, la miraba de reojo, mientras se abotonaba la camisa. El rostro de ella reflejaba desprecio, pero él sólo tenía ojos para los pechos redondos, grandes y blancos que salían por entre las mantas, y pensaba que eso no lo podía perder.
Si todo salía bien, tal y como lo tenía planeado, esta noche él y Carmen estarían cenando en un buen restaurante, después la llevaría a bailar y todo se arreglaría.
Al entrar en el mercado de la Boqueria, por los altavoces se escuchaba un villancico. -Mierda de Navidad -dijo El Lagartija entre dientes, mientras miraba desafiante a una anciana, vestida de negro que arrastraba su carrito de la compra y que alzó la cara escandalizada al escucharlo.
Cruzó, diligente, el abarrotado mercado hasta llegar a la calle Jerusalén, donde se metió dentro de un portal, que estaba al lado de una tienda de aceitunas. La puerta era de madera, sucia, húmeda y enorme, al abrirla sus goznes chirrían como si se lamentaran de su existencia. Dentro, una solitaria bombilla se esfuerza infructuosamente en iluminar la lúgubre y destartalada escalera.
El Lagartija cerró la puerta, tras de sí, dejando únicamente una pequeña obertura para poder mirar a la calle. Abrió la cremallera de su bolsa de deporte de donde sacó una enorme pistola, que introdujo en el bolsillo trasero de sus pantalones. Se apoyó contra la pared, de la que caían, en trozos polvorientos, los cientos de capas de pintura que se había ido acumulando durante años de pintar lo pintado. Permaneció quieto y callado, mirando a la calle con mucha atención. Según su reloj todavía faltaban veinte minutos.
Desde hacía una semana, todos los días, El Lagartija iba a la una y treinta minutos del mediodía al mercado de la Boqueria y seguía los pasos de un hombre de unos cuarenta años calvo, delgado y que siempre vestía impecables trajes oscuros.
El hombre calvo recogía unos sobres blancos, que llevaban el anagrama de una entidad bancaria, de la práctica totalidad de las paradas del mercado. Los metía en su maletín de piel negra y después el dinero que había dentro de los sobres, iba a parar a las respectivas cuentas corrientes de los clientes del banco.
El Lagartija había pensado que faltando un día para Navidad la recaudación de hoy seria muy buena.
Apenas habían pasado cinco minutos cuando El Lagartija, sorprendido, vio aproximarse al calvo del maletín negro, pensó que se había adelantado mucho al horario acostumbrado. El Lagartija abrió la puerta y cuando el calvo pasó por delante, su brazo delgado y fibroso se le enroscó al cuello. Tiró de él hacia dentro con la fuerza necesaria para que el calvo fuera a dar con su cuerpo sobre la losa marrón llena de polvo, entre cuyas rendijas crecía una especie de musgo verde. El Lagartija cerró la puerta detrás de él y antes de que el desdichado hombre del maletín pudiera levantarse, su pistola negra le apuntó a la frente.
-No te muevas, ni tan siquiera respires o te dejo seco ahora mismo.
El Lagartija coge, del interior de su bolsa, un rollo de cinta adhesiva de color marrón, se la enrolla al calvo en los brazos y en las piernas impidiéndole moverse, remata su trabajo pegándole la cinta en la boca y dándole la vuelta alrededor de la cabeza.
La cartera de piel negra, repleta de sobres blancos seguía en el suelo, y se había manchado un poco en el polvo de azufre que había por todas las esquinas del portal. El Lagartija la abrió y volcó todo el contenido en su bolsa de deporte, cerró la cremallera y salió corriendo del portal, poniendo mucho esmero en cerrar la puerta. Cuando pasó por delante de la tienda de olivas se le escapó una carcajada.
Francisco Casas Puig, Paco, no había empezado bien el día. Aquella mañana mientras bebía café con leche en la cocina de su casa, vio con espanto, en la oreja de su hijo Alejandro, un enorme pendiente dorado, que lo sacó de sus casillas. Al llegar al Banco le habían hecho aquel estúpido e insultante encargo. Y ahora se encontraba tirado en el suelo, oliendo los orines viejos de este pestilente y tenebroso portal, atado de pies y manos, sin poder pedir ayuda y sin saber porqué narices, aquel desgraciado hijo de puta le había robado las postales de Navidad, que su jefe le había encargado repartir entre los clientes del mercado, antes de recoger las recaudaciones del día.